El viernes salió del trabajo con una mochila pequeña y un billete a A Coruña. El sábado caminó el Sendero de los Faros en un tramo corto, comió empanada aún tibia y dejó que el viento hiciera limpieza interior. Volvió el domingo por la tarde, cansancio dulce en las piernas y ojos brillantes. Ahora reserva un hueco mensual, sin excusas huecas, con ilusión nueva cada semana entera.
Aprovechó una mañana larga en Navarra para pedalear la Vía Verde del Plazaola. Túneles frescos, prados que olían a verano y un alto para comprar queso en un caserío humilde. Al regresar en tren, revisó fotos llenas de verde. El lunes volvió al despacho con calma y una cuña envuelta para compartir. Sus compañeros preguntaron, y la conversación plantó semillas de próximas ruedas amistosas y risas nuevas.
Se reencontraron tras años intensos de crianza y agendas imposibles. Tomaron un Cercanías a Montserrat, subieron entre agujas de roca, compartieron bocadillos y escucharon campanas suaves a lo lejos. Hicieron promesa de un viaje corto al mes, con o sin niebla. En el grupo de mensajería, las fotos invitaron a otros dos amigos, y el círculo creció. A veces la felicidad cabe en un andén soleado.